izaskun valmaseda
serie

Una historia de transmutación


(Después de ti)

Transmutación explora el cuerpo como un lugar de presión gradual en lugar de ruptura inmediata. A través de gestos de contención, ajuste y exposición, la obra traza un lento proceso en el que el control se interioriza y el cuerpo absorbe la restricción hasta que ya no se distingue de ella.

Los materiales tradicionalmente asociados con el soporte o la protección —tela, corsetería, cordón— cambian su significado al apretar, imprimir y atar, revelando la tensión entre el cuidado y la coacción.

La serie se desarrolla como un cambio gradual, en el que la presión se acumula hasta que el cuerpo —y la propia imagen— cambia de estado.

Lo que queda no es resistencia, sino transformación: un cuerpo alterado por lo que ha aprendido a soportar, moldeado por lo que se le ha pedido que soporte.

Una historia de transmutación (Después de ti)
Esta imagen fue creada en un momento de desgarro personal, tras una ruptura que dejó al descubierto los límites de lo que una puede dar. En ella, el cuerpo aparece sujeto por una cuerda que no solo inmoviliza: también comprime, exprime, retuerce. Es la representación de ese gesto desesperado por seguir ofreciendo incluso cuando ya no queda nada. Cuando una se ha entregado hasta el punto de vaciarse por completo.

La piel, aún viva, convive con una figura espectral que brota del interior, fusionada con ramas secas. Esa figura es también el yo: una versión consumida, deshidratada, simbólicamente muerta. Las ramas remiten a lo que alguna vez fue fértil, al deseo de seguir floreciendo aunque ya no haya savia. Es un cuerpo escindido entre lo que permanece en pie y lo que se marchita por dentro.

Esa figura seca puede interpretarse de dos formas opuestas pero complementarias. A veces parece tatuada en la piel, como una marca que permanece y no se borra. Otras, da la impresión de brotar del interior, como si el cuerpo se abriera y dejara escapar una parte de sí que ha quedado arrasada. Esta ambigüedad visual no es accidental: habla de cómo ciertas experiencias se alojan tanto dentro como fuera de nosotras. Son cicatrices visibles e invisibles. Se llevan a flor de piel y también en lo más profundo. No se sabe bien si son heridas o partes constitutivas. Lo cierto es que, una vez han aparecido, ya no se puede volver al cuerpo anterior.

… Una hormiga que no es hormiga avanza sobre el muslo. No es un elemento casual: representa la descomposición que siempre llega cuando algo ha dejado de estar vivo. La hormiga no muerde, no ataca; simplemente está ahí, como recordatorio de que incluso la entrega más pura puede pudrirse si no encuentra reciprocidad. Es la imagen de lo que queda cuando lo emocional se estanca y comienza a deteriorarse.

Y aun así, la mano sigue apretando la cuerda. Como si todavía esperara que quedara algo más dentro. Algo que poder ofrecer. O tal vez algo que rescatar







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